Piensa mal y acertarás. Así de sencillo y de eficaz. Desconfiar de cualquier tipo de intrusión es el mecanismo básico de protección, incluidas las amenazas de más reciente irrupción. Es el caso del denominado ‘wangiri’, fraude que se ha convertido en las últimas semanas en la ciberestafa de moda, con millones de usuarios de telefonía en el punto de mira y con la percepción de vulnerabilidad más alta de la historia. El término japonés, traducido como «llamada y corte», explica en tres palabras el riesgo de una práctica que tiene muy fácil protección: basta con no devolver la llamada perdida, sin dejarse llevar por la curiosidad de saber quién está detrás de ese número desconocido.
Por lo general, el origen se sitúa en países con prefijos poco conocidos y el procedimiento se limita a uno o dos timbrazos sin apenas tiempo para que el usuario pueda reaccionar. La firma de seguridad Panda Security asegura que el Wangiri es solo la punta del iceberg de un conjunto de amenazas cada vez más sofisticadas. «Ahora, muchas explotan la psicología humana, la inteligencia artificial y la confianza digital», según advierte Hervé Lambert, Global Consumer Operation Manager de Panda Security.
El objetivo de los maleantes consiste en que la víctima devuelva la llamada a números de coste elevado. «Los ciberdelincuentes ya no se limitan a las llamadas fraudulentas, sino que recurren cada vez más a correos electrónicos, mensajes SMS, códigos QR, aplicaciones de mensajería y redes sociales. Lo hacen para engañar a sus víctimas y robar dinero, credenciales o información personal», señala el mismo experto de Panda Security.
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Para mayores males, el Wangiri nunca ataca solo, ya que se acompaña de otros fraudes como quishing, phishing y smishing, junto con otras formas de suplantación de identidad. Y todo lo demás encuentra la complicidad de la Inteligencia Artificial (IA), capaz de «generar mensajes, voces e incluso vídeos falsos capaces de aumentar la credibilidad de las estafas y dificultar la detección».
Según Panda Security, el Wangiri no necesita software malicioso ni conocimientos técnicos por parte de la víctima, solo despertar la curiosidad suficiente para que devuelva una llamada. La misma lógica está detrás de amenazas cada vez más extendidas como el phishing, que suplanta la identidad de empresas o instituciones.
El quishing utiliza códigos QR para llevar a la víctima a páginas falsas que imitan webs de bancos, empresas de paquetería, parkings, restaurantes o plataformas de pago. «Su fuerza está en que muchos usuarios escanean códigos QR sin comprobar la dirección a la que les llevan», avisa Lambert. En opinión de los expertos de Panda, «la recomendación consiste en revisar la URL antes de introducir datos, desconfiar de códigos pegados sobre otros carteles y acceder manualmente a la web oficial cuando se trate de pagos o credenciales».
El smishing sigue siendo especialmente dañino. Los mensajes por SMS o Whatsapp , los delincuentes se hacen pasar por empresas y organismos legítimos y reputados, como bancos, administraciones públicas, empresas de mensajería o plataformas de compraventa. El objetivo consiste en alentar la consulta de un enlace, la facilitación de códigos de verificación o la confirmsción de una operación. En las llamadas, los delincuentes pueden presionar con supuestos bloqueos de cuenta, cargos sospechosos o problemas urgentes.
El peligro del vishing, término que alude a la combinación de la voz (voice) y la usurpación de identidad (phishing), que consiste «en una llamada telefónica fraudulenta con información previamente obtenida desde internet. Primero, el ciberdelincuente tiene que haber robado información confidencial a través de un correo electrónico o web fraudulenta (‘phishing’), pero necesita la clave SMS o token digital para realizar y validar una operación. Es en este momento en que se produce el segundo paso: el ciberdelincuente llama por teléfono al cliente identificándose como personal del banco y, con mensajes particularmente alarmistas, intenta de que el cliente revele el número de su clave SMS o token digital, que son los necesarios para autorizar transacciones».
La evolución de estas amenazas responde a un cambio de estrategia por parte de los ciberdelincuentes. «Si hace unos años el objetivo era infectar el mayor número posible de dispositivos mediante virus o malware, hoy el foco está en manipular el comportamiento de las personas», señala el experto de Panda Security. En lugar de vulnerar sistemas, los atacantes intentan vulnerar la confianza.
El impacto económico de estas estafas ayuda a entender por qué siguen creciendo. En Estados Unidos, los consumidores declararon pérdidas superiores a 15.900 millones de dólares por fraude en 2025, la cifra más alta registrada por la Comisión Federal de Comercio (FTC). El FBI, por su parte, elevó a casi 21.000 millones de dólares las pérdidas vinculadas a delitos facilitados por Internet, con los fraudes de inversión, el compromiso de correo corporativo y las estafas de soporte técnico entre las categorías más costosas.